Crónica de un adorno en salidas románticas
Como buen novio responsable —o al menos uno que todavía creía en ese concepto— yo quería hacer lo lógico: salir con mi novia. Y sí, salíamos juntos.
El problema es que empecé a descubrir un “detalle” de su comportamiento que hasta ese momento no conocía.
Cuando salíamos y aparecía algún hombre en escena, ella no es que lo mirara discretamente nomás, como lo haría una persona infiel que no quiere ser descubierta… no. Más bien lo hacía con bastante convicción. Y si encima el hombre le sonreía, ahí se activaba el modo intercambio cultural: miradas, sonrisas, conexión instantánea… y yo en el medio, interpretando el rol de adorno decorativo.
Obviamente, yo hacía lo más predecible en una relación: reclamar.
Y ella hacía lo más lógico en una relación "seria": enojarse por el reclamo, decir que yo estaba arruinando todo, y en algunos casos incluso terminar convencida de que el problema era yo.
Una dinámica muy moderna, verdad?: yo señalaba lo evidente, y ella lo transformaba en una teoría alternativa donde yo era el culpable. En serio que esta situación siempre fue un karma.
Claro, acá hay que ponerse un poco filosófico, porque con ella aplicaba perfectamente la frase: “el león juzga por su condición”. La mayoría de sus escenas de celos no venían de hechos, sino de posibilidades. Es decir, si había una mujer en el mismo planeta, yo ya estaba en problemas potenciales.
Así que una parte importante de la relación consistía en algo bastante curioso: yo explicando constantemente que no iba a hacer nada malo… frente a situaciones que todavía no habían ocurrido.
Y ahí está el detalle: ¿cómo explicás que no vas a hacer algo en un futuro incierto, cuando el problema ya es presente?
Mientras tanto, ella no tenía ningún problema en mostrar interés cuando alguien le gustaba.
Pero eso lo dejo para la próxima entrada, porque así empezó uno de sus tantos engaños ante mis ojos.
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